El final maldito de la película de Stanley Kubrick

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El final maldito de la película de Stanley Kubrick

Mensaje por CHARLY el Sáb 9 Jun 2012 - 11:45


Jamás verán cómo en la Sala de Guerras el general Turgidson le arroja un pastel al embajador soviético que lo esquiva para acabar en la cabeza del presidente Muffley. Este es el final verdadero de esa obra de arte de Stanley Kubrick mal llamada Teléfono rojo, pero que tuvo que ser cambiado justo antes del estreno, allá por noviembre de 1963.

La culpa, también de un exmarine con buena puntería llamado Lee Harvey Oswald. Kubrick, que era un expatriado en Inglaterra huyendo de la dureza de su Nueva York natal (“la gente es grosera, los policías tienen que escoltar a los niños hasta los colegios...”), quería rodar una película sobre ese terror atómico que es capaz de conseguir que un aterrado yanqui vaya al banco, hipoteque el tractor y se construya un refugio seudoatómico en un estado tan poco bombardeable como Nebraska o Wyoming.

Sin más idea que esa, a Kubrick le cayó en las manos una novela muy seria de Peter George titulada Alerta Roja cuya trama giraba en torno a los esfuerzos casi imposibles de un presidente de los Estados Unidos que lanza por accidente un ataque nuclear imparable a la URSS y que debe tratar de convencer al premier soviético de que no responda para evitar el holocausto.

Kubrick le dio mil vueltas a la idea, se compró una tonelada de libros sobre la guerra termonuclear y se convirtió un experto en paranoias atómicas. Concluyó que la única manera de rodar algo sobre el fin del mundo era en tono de humor. Kubrick adquirió los derechos de la novela de Peter George, contrató como guionista al escritor Terry Southern (uno de los padres fundadores del Nuevo Periodismo, el que escribió aquello de Bastoneando en Ole Miss) y entre los dos parieron un guion satírico, sarcástico y perverso repleto de humor negro. Una obra de arte.
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‘King’ Kong, atacado

Mensaje por CHARLY el Sáb 9 Jun 2012 - 11:45

Como debemos presumir que han visto la cinta (quien no la haya visto es un ser incompleto), recordarán que todo gira en torno a un comandante trastornado que ordena a los superbombarderos de la USAF que patrullan en vuelo constante el perímetro de la URSS que penetren en el espacio aéreo soviético y lancen sus bombas atómicas. Para empeorar las cosas, uno de los B-57, el bautizado Colonia de Leprosos a las órdenes del comandante T. J. ‘King’ Kong, es atacado y sufre un fallo permanente en las comunicaciones. En esas circunstancias, y en contra de todo sentido común, el reglamento ordena continuar.

Desde ese momento, hay dos carreras contrarreloj. La primera, para controlar la base de Burpelson en la que el desquiciado e insurrecto comandante Ripper se ha hecho fuerte y revocar la orden. La segunda, para tratar de convencer a los ruskis de que no lancen un ataque en represalia. Sin embargo, los soviéticos han perfeccionado un sistema (“la máquina del juicio final”) que de manera automática lanza un ataque total en caso de que perciba que en suelo soviético ha detonado un arma nuclear. Es decir: si nada puede detener al B-57 Colonia de Leprosos, nada puede detener la represalia soviética y el mundo está condenado.

Kubrick y Southern escribieron un final glorioso en el que en la Sala de Guerra se desencadena una batalla total a tartazos que comienza cuando el general ‘Buck’ Turgidson le lanza un pastel al embajador soviético Desadeski, que lo esquiva e impacta en la cabeza del presidente Muffley. A partir de ahí, vuelan descontroladas miles de tartas en una pelea que solo es interrumpida cuando ocurre el holocausto nuclear que sobreviene después de que el comandante Kong se lance sobre el objetivo gritando como un cowboy de rodeo mientras cabalga sobre la bomba.
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Un buen fin de semana en Dallas

Mensaje por CHARLY el Sáb 9 Jun 2012 - 11:46

Kubrick rodó la escena de las tartas. Toda llena de crema y nata. Nadie la ha visto, pero se conservan las fotos del rodaje. Uno de los guionistas y productor asociado, James B. Harris, recuerda que la escena quedó grotesca, quizá demasiado, y que había tanta nata que hacía irreconocibles a los personajes. Pero Kubrick la mantuvo.

El montaje fue lo más duro. El director hizo y rehízo la obra hasta que el 22 de noviembre de 1963 se programó un pase de prensa para ver la película. Mientras se proyectaba, un mando de Columbia Pictures entró en la sala, detuvo la proyección e informó de que alguien había disparado al presidente Kennedy en Dallas. Los periodistas salieron del cine sin haber visto cómo el presidente Muffley recibía un tartazo en la cara.

Los ejecutivos de la Columbia repasaron la cinta y sudaron tratando de imaginar cómo recibiría una sociedad conmocionada una película carísima en la que un presidente de ficción que tiene mucho de Kennedy (Muffley y JFK son dos obsesos con la idea de que Estados Unidos no puede pasar a la historia como el que ataque primero) recibe a cambio un tartazo. Además, había otros detalles menores, como la frase de Kong a su tripulación cuando repasa la lista de provisiones de emergencia: “Con todo esto alguien podría pasar un buen fin de semana en Dallas”. O que el objetivo principal del ataque fuera “Laputa”.

La Columbia se plantó y le dijo a Stanley Kubrick que no estrenaría la película tal y como estaba.

Y Kubrick hizo lo que cualquier otro director maldito con acento del Bronx haría. Se la envainó y quitó el final.
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Telegrama rojo

Mensaje por CHARLY el Sáb 9 Jun 2012 - 11:47

El título original de la película Doctor Strangelove o cómo aprendí a dejar de preocuparme y querer a la bomba, fue traducida al español por un desquiciado distribuidor como Teléfono rojo, volamos hacia Moscú. Ese teléfono rojo no era tan directo como se piensa, sino que consistía en una línea de dos circuitos (el primero: Washington-Londres-Copenhague-Estocolmo-Helsinki-Moscú y el segundo, el de seguridad: Washington-Tánger-Moscú), que fueron instaladas ocho meses después de la crisis de los misiles de Cuba. Hasta entonces, los mensajes de Kruschev a Kennedy tardaban doce horas en llegar a la mesa del presidente, que era el tiempo que se tardaba en traducir, codificar, transmitir, descodificar y entregar el mensaje, ya que la embajada estadounidense no tenía abierta una línea directa con Washington que fuera segura, y por eso tenía que usar... el servicio estatal de telégrafos soviético.
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