La atormentada vida de Anthony Perkins

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La atormentada vida de Anthony Perkins

Mensaje por Soyasí el Miér 13 Sep 2017 - 12:35

El actor, que murió hace 25 años de sida, tuvo amores con Rock Hudson y otros hombres, hasta casarse con una hermana de Marisa Berenson.

Hay películas que mejores o peores se quedan en la retina y el recuerdo de millones de espectadores de todo el mundo. Por algo será. Y es lo que ocurrió con Psicosis, que dirigió Alfred Hitchcock con un protagonista, Anthony Perkins, que no podía estar mejor elegido para su personaje del desquiciado Norman Bates. Este actor tuvo una existencia difícil, estaba considerado como un tipo raro entre sus propios colegas de Hollywood. Sufrió mucho en su desdichada vida, a pesar del gran éxito que le reportó no solo aquella película.

Este martes, 12 de septiembre, se cumplen veinticinco años de su muerte en Los Ángeles. Contaron sus allegados que se fue tranquilo y dulcemente, a pesar del sida que venía padeciendo desde hacía tiempo, terrible mal que lo fue alejando del ambiente cinematográfico de Hollywood, que detestaba por falso e hipócrita.

Nacido el 4 de abril de 1932, era hijo de Osgood Perkins, un viejo actor de los años 30, cuando hizo popular su papel de policía en Scarface. Y quien pasaba mucho tiempo fuera del hogar, así es que el pequeño Tony se crió a las faldas de su madre, quien quizás lo malcrió a base de sus excesos de mimos. Se quedó huérfano de padre a los cinco años, y desde entonces hasta bien entrada su juventud mantuvo con su madre una difícil relación. Que era un chico afeminado se notaba a la legua, pero a su vez de torturada apariencia, introvertido, nada fácil para relacionarse con los demás y desde luego muy pocas veces, por no decir ninguna, con mujeres. En el cine empezó a darse a conocer en 1953. Un director tan sensible como Georges Cukor supo comprenderlo muy bien, dada su misma condición sexual, y le ofreció un personaje destacado en la comedia La actriz, donde enamoraba a aquella estrella de esplendorosos ojos, Jean Simmons. No obstante tampoco es que fuera llegar y besar el santo, pues tuvo que dejar Hollywood, retornando a Nueva York, donde actuó en varios estrenos de Broadway.

Fue en 1956 cuanto tuvo la oportunidad de codearse nada menos que con Gary Cooper en un western, la especialidad del larguirucho galán, La gran prueba y luego en otro reparto de importancia: La hora final, de Stanley Kramer. Desgarbado, casi siempre interpretando tipos neuróticos, reservados, llenos de complicaciones o simplemente dudas, Anthony Perkins era un galán distinto a todos los que hasta en esos años se habían visto en la pantalla. Un joven nada convencional en el que los directores creían ver tal vez con su aire distinto a un símbolo de las nuevas generaciones. Cierto que desde el punto de vista interpretativo, repetía algunos tics y parecía envarado en ciertas escenas. Lo emparejaron con Silvana Mangano, Sofía Loren, Jane Fonda…

La película que le sirvió de espaldarazo mundial sería Psicosis. Nadie como Hitchcock podía ser su director, dueño de ese morbo característico que desprendían sus historias de terror. Como muchas de sus estrellas, Janet Leigh (casada con Tony Curtis) aguantó lo que pudo a aquel genio que tanto gustaba de hacerlas sufrir, aunque no pasó por el aro de cuanto pretendía don Alfredo. La escena de la ducha se rodó con postizos adheridos a la piel de la actriz en el busto y el vientre. Los planos largos tuvieron como figura no la de Janet, sino de una doble, Margo Epper, y para las tomas cercanas, el cuerpo desnudo de Marli Renfro.

Y en lo que respecta a Anthony Perkins queda fuera de toda duda que se involucró tanto con aquel personaje neurótico, al punto de no saberse si era él mismo o un sosias, pues puso a prueba su capacidad de mostrarse con naturalidad y sin histrionismo, lo que no era fácil tratándose de un demente, paranoico, desestabilizado emocionalmente, que tiene un evidente complejo freudiano respecto a su madre. Una lástima que no le otorgaran el Óscar de interpretación. Tal sensación causó su estreno en 1960 que bastantes años más tarde llegaron a rodarse nada menos que otras tres películas, como continuación de aquella, una incluso dirigida por él mismo. Pero ninguna llegó a interesar ni a la crítica ni al público. No sé si continuará en pie aquel siniestro caserón de la película, pero en mi recorrido por los estudios de la Universal, hace años, pude contemplarlo no sin cierto temor, acordándome de las escalofriantes escenas de aquel hotel, la ducha y el cuchillo de Norman Bates, y el desván en el que aparecía aquel horrible esqueleto…

Anthony Perkins se ganó una aureola con Psicosis lo que le permitió, pese a su declive a partir de la década siguiente, ser contratado para interesantes producciones, como El proceso, de Orson Welles, o en dramas como Fedra, al lado de Melina Mercouri. También hizo de galán, con su aire reservado, de sólo media sonrisa, en agradables comedias como Té y simpatía, emparejado a Ingrid Bergman con quien volvería a coincidir en No me digas adiós, siguiendo la novela de Françoise Sagan Aimez-vous Brahms?
Recojo de las memorias de la recordada actriz sueca, este párrafo:

Llevé a Anthony Perkins, mi joven amante –antes de que comenzara el rodaje de No me digas adiós- a mi camerino y le pedí: "¡Béseme, por el amor de Dios!" Se quedó de piedra y luego se echó a reír. "¿Por qué, a qué viene eso?". "Porque tendremos que hacerlo durante el rodaje, apenas le conozco, soy tímida y me ruborizo". "De acuerdo". Y después: "¿Le he hecho daño?".

No era, ya dijimos, un secreto para la comunidad de Hollywood que Anthony Perkins era homosexual. En su lista de amantes figuran desde Rock Hudson (que también moriría de sida), Tab Hunter y el famoso bailarín Rudolf Nureyev. El propio actor llegaría a admitir que hasta que cumplió cuarenta años no se acostó con una mujer, honor que le corresponde a aquella protagonista de series televisivas, Victoria Principal. Un año después, se casaba con la fotógrafa Berry Berenson, hermana de Marisa, la elegante actriz, y con ella dijo haber roto para siempre con su pasado oscuro. Tuvieron dos hijos: Osgood y Elvis.

En la década de los 90 solía trabajar más para la televisión, como tantos otros galanes del pasado. Fue cuando vino a España –creemos que por primera vez- para protagonizar Los gusanos no llevan bufanda, que dirigió Javier Elorrieta con muy discreta aceptación. Por entonces fue invitado al Festival de San Sebastián donde le entregaron el premio Donostia "a toda una carrera en el cine".

Sí que era notable su historial, pero evidentemente muy apagado en esos últimos tiempos. Y a pesar de que confesara cuanto debía a su mujer por haberle permitido conocer placeres distintos a su turbulento ayer, todo hace pensar que volvió a las andadas y se dejó llevar también por el consumo de cocaína. Es la única explicación posible que se deduce de cómo contrajo el sida. Cuando ya fue consciente de que sus días estaban contados, declaró su absoluta aversión a todas esas personas que había conocido en sus años de esplendor y que al saber que padecía ese mal, le dieron la espalda (y no hago un chiste fácil al respecto). Se sintió abandonado por sus compañeros del cine. Y entonces sus amistades fueron enfermos como él con quiénes mantenía reuniones y trato para ayudarse mutuamente. "En todos ellos encontré el amor verdadero que yo había buscado siempre".

Luego, a las puertas ya de la muerte, dictó un texto que su agente de prensa difundió ante los medios informativos convocados ante la inminente desaparición del actor. Allí, explicaba su dramática situación. Porque hasta entonces nunca había querido confesar su enfermedad, por mucho que circularan chismes sobre el particular entre los cronistas de Hollywood. Hasta que llegó el día final, 12 de septiembre de 1992.

Una trágica circunstancia sucedería exactamente once años después, menos un día. El 11 de septiembre de 2011 su viuda murió como pasajera del vuelo 2011 de América Airlines, en los atentados de las Torres Gemelas. LD

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(Woody Allen)
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