Robert Mitchum, la memoria del rostro impenetrable

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Robert Mitchum, la memoria del rostro impenetrable

Mensaje por HAROLD 3D el Jue 10 Ago 2017 - 19:05

Se cumple un siglo del nacimiento del duro, frágil e irrenunciable Robert Mitchum, el actor que mejor encarnó el mal


Robert Mitchum no es (o fue, según se mire) un actor. A él le corresponde el raro privilegio de las cicatrices. Por eso quizá, por el extraño placer que da acariciar de tanto en tanto una vieja herida, gusta volver a él. Aunque sólo sea un instante. Aunque sólo sea por marcar distancias. La costumbre le sitúa al lado de una estirpe de gigantes siempre enfadados, siempre en agria pelea contra su sombra. Tan inaccesibles por fuera como, en efecto, frágiles por dentro. Él, dicen, igual que Kirk Douglas, Burt Lancaster, Richard Widmark o Glenn Ford, peleó por mantenerse en pie en un mundo que necesariamente le era ajeno. Ninguno de ellos nació para ocupar firmamento alguno. Ni sus rostros torturados ni sus modales violentos ni nada salvo su furia les auguraba otro destino que el barro en un caso o, quizá, el mucho más opaco e ingrato silencio. Pero resistieron. Todos ellos. Sin embargo, él, que mañana habría cumplido 100 años, era diferente. Y lo era por único, por Mitchum, por la herida.

En una ocasión el crítico del New York Times dijo de él que, llegado a cierto momento de su carrera, Mitchum dejó de actuar. Le bastaba estar ahí, le sobraba con habitar la película con su imponente presencia. Y a él jamás se le ocurrió desmentirlo. Ni de palabra ni con una sola de las interpretaciones. Pocos han pasado por Hollywood que desmitificaran con tanto arte su propio trabajo, a sí mismo y, ya puestos, el de los que se dedican (o dedicaban, según se mire) a glosar sus logros. "Sinceramente, prefiero actuar a componer, como dicen algunos, mi personaje", declaró con cierta sorna cuando en 1993 el Festival de San Sebastián le dio el Premio Donostia: "Por lo primero, empiezas a trabajar a las nueve, acabas a las cinco y te pagan los viernes. Si tenemos en cuenta que una de las grandes estrellas de este oficio ha sido Rin-tin-tín, tampoco es para presumir de nada". Y ahí, en la cara de pazguato del entrevistador, lo dejaba.

En los moldes y formas actuales del estrellato, probablemente alguien como Mitchum no tendría sitio. O si acaso, quizá sólo dispondría de espacio tras el griterío gesticulante de algún protagonista de menos de 30 años. A él, entonces, cuando su nombre empezó a hacerse notar a mediados de los 40 con auténticos monumentos como También somos seres humanos (William A. Wellman, 1945), Encrucijada de odios (Edward Dmytryk, 1947) y Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947), le bastaba mirar detrás de su propia mirada para ocupar la pantalla entera. Durante años, presumió que sus ojos ligeramente asimétricos, profundamente tristes y descabalgados de una nariz digna de Juan Gris fue todo culpa de un mal golpe sobre el ring. Ni siquiera eso quería atribuírselo como mérito. "Estoy de acuerdo con el productor que dijo que me parecía un tiburón con la nariz rota", le gustaba decir.

Cuenta su autobiografía nada condescendiente para lo que suele ser habitual que a los dos años de nacer en Bridgeport, Connecticut, un accidente ferroviario le dejó sin padre. Su madre le inculcó el gusto por la lectura, pero no consiguió alejarle de su afición al polvo de la calle. Repasar su primera juventud es como caminar por una biografía de cristales rotos, expulsiones de colegios y arrestos eventuales. Boxeador, portero de noche, minero... Todo le valía a alguien que había nacido para ser simple herida. Siempre sangrando. Hasta cumplió una condena de 30 días de trabajos forzados con apenas 16 años cumplidos. No sería la primera. Más tarde, ya establecido como actor de éxito, tuvo que cumplir una pena en un campo de reeducación, tradúzcase así, por tráfico y consumo de marihuana. "Fue como estar en Palm Springs, pero, por supuesto, sin las chicas", dijo en su momento.

Y así hasta conocer, en California, donde por azares del azar acabó dando con sus huesos, a Dorothy Spence, su auténtico ángel de la guarda. Pronto empezaría a trabajar en el cine como especialista primero, como lo que fuera después. Montaba bien a caballo y eso, en un momento dado, puede ser definitivo. De repente, no hubo western que pudiera permitirse el lujo de prescindir de un tipo incapaz decir que no a cualquier cosa. "Durante un tiempo parecía que me iba a quedar atrapado en películas del Oeste", dijo en una entrevista en 1948. "Hice un cálculo rápido. Con lo que me pagaban, para vivir tendría que hacer seis al año durante los próximas seis décadas y luego retirarme. Decidí que no quería eso. Así que empecé a cerrar los ojos cada vez que un arma se disparaba en el plató. Eso cambió mi vida".

Cuando rodara También somos seres humanos, ya su suerte quedaría echada. La de él y, ya que estamos, la todos nosotros. El drama bélico de Wellman le valió su única nominación al Oscar en toda la vida y, de paso, su entrada en la aristocracia de los actores que, en verdad, no lo son. Son otra cosa. Son más que simplemente eso. Son, decíamos, cicatrices en la retina, marcas indelebles en la memoria, en la piel incluso. Su papel de hombre condenado por su pasado (y por Jane Greer) en Retorno al pasado sería el primero (o el quinto) de una larga lista de títulos irrenunciables. "Cuando tienes éxito en las películas", comentó en 1970, "Hollywood no te deja hacer las cosas mejor. Simplemente te exigen hacer más". Cara de ángel (Otto Preminger, 1952), Una aventura en Macao (Josef von Sternberg, 1952) o Río sin retorno (Otto Preminger, 1952) son sólo algunos de los títulos que preceden a ese encuentro entre único y mítico de Mitchum y Charles Laughton en la única cinta que dirigió el británico. "Charles me llamó y me dijo que tenía un guión sobre un auténtico hijo de ****, y como tenía que ganarme la vida, hice la película, y eso es todo". "Todo" fue la más fiel, además de inmisericorde, cruel y desvergonzada encarnación del mal que ha visto una pantalla. Hablamos de La noche del cazador, hablamos de la cinta que define y justifica una y mil vidas enteras. "Volveré cuando oscurezca", decía.

Nadie trabajó como él. O por lo menos, de forma tan consciente y persistente; tan ajeno a todo lo que no fuera la evidencia o necesidad de seguir. Sin más. "Creo que cuando los productores tienen un problema se dicen unos a otros: 'Que lo haga Mitchum; él hará cualquier cosa. Y sí, es así. No me importa lo que interpreto. Igual hago de gay polaco que de mujer, que de enano...". Sidney Pollack, con el que trabajó en Yakuza, se alarmaba hasta la ofensa por lo obediente que se mostraba en todo momento un actor que, en realidad, estaba allí por algo más, mucho más. Por ser un tótem y, por supuesto, pero, sobre todo, y de nuevo, una cicatriz. ¿Dónde quedaba el hombre indómito, el borracho, el pendenciero, el amigo de Sinatra, el mujeriego, el fumador de todo...? "Era demasiado profesional y, la verdad, sentí cierta decepción", llegó a comentar Pollack presumiblemente entre risas.

No hay década que no le haya visto trabajar. En Sólo dios lo sabe (John Huston, 1957) aparecía junto a una de sus compañeras por necesidad: Deborah Keer; en Camino del odio (Arthur Ripley, 1958), la segunda película de su propia productora, él mismo se encargaría del guión y hasta, dicen, de dirigir;en El cabo del terror (J. Lee Thompson, 1962) volvió a encarnar al antihéroe que sólo él podía (y al que no pararía de regresar cuando Scorsese firmó su propia versión); en El Dorado (Howard Hawks, 1960) suyo es el privilegio emborracharse como sólo Dean Martin antes que él fue capaz; en Adiós, muñeca (Dick Richards, 1975) haría suyo de nuevo el personaje de Philip Marlowe... y así hasta llegar a Dead Man (Jim Jarmusch, 1995). Y mucho más allá. Murió en 1997. Hay tantos mitchums como espectadores, hay tantos mitchums como cicatrices. Mitchum, un actor, una cicatriz.

En un momento de Retorno al pasado Jeff-Mitchum le recrimina a Kathie-Greer que lo que está haciendo no es el modo de ganar. A lo que ella contesta: "¿Acaso hay una manera de ganar?". "Digamos", replica él de la mano de un guión de pedernal, "que ganar es únicamente un modo de perder más lentamente". Y lo que vale para su personaje, sirve para él. Y para todos. fuente

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Robert Mitchum, el galán más siniestro de Hollywood

Mensaje por Soyasí el Dom 13 Ago 2017 - 17:33

El antihéroe, el chico duro del género negro, el galán más siniestro e inquietante de Hollywood… Se cumplen cien años del nacimiento de Robert Mitchum. Su rostro sobrio, tachado de inexpresivo por la crítica en ciertos momentos, le hizo forjarse un nombre dentro del séptimo arte. Rodó más de un centenar de películas durante la etapa dorada del cine estadounidense, casi siempre interpretando a personajes taciturnos y lacónicos, pero eso sí, rodeado de bellezas femeninas.

Un repaso por su filmografía

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