Las juergas de Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Humphrey Bogart y Grace Kelly

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Las juergas de Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Humphrey Bogart y Grace Kelly

Mensaje por HAROLD 3D el Dom 23 Jul 2017 - 18:23

Los excesos de las grandes estrellas de Hollywood alcanzaron su máxima expresión en los años 50. Por eso se convirtieron en los trofeos más codiciados de los 'paparazzi' de la época, que cazaban sus piezas en forma de fotografías comprometedoras que desencadenaban el escándalo. Desde Marilyn Monroe hasta Frank Sinatra, pasando por James Dean, Grace Kelly, Elisabeth Taylor, Humphrey Bogart y Ava Gardner, los dioses de la pantalla se divertían en juergas que se prolongaban durante varios días.

1955. El último día de julio hacía tanto calor en Memphis que los camellos tenían fiebre y se les fundía el chocolate entre las manos. Vivir allí no era tan malo siempre que pudieras escapar, que es lo que hizo Elvis: firmó un contrato de 12.000 dólares con la RCA Records, se compró un Cadillac rosa y se largó a Florida. William Red Robertson le hizo una foto en un concierto en Tampa, que fue la portada de su álbum de debut. En la RCA le pusieron unas letras rosa chicle y verde manzana que recalcaban dos palabras: Elvis Presley. Desgalichado y con la boca abierta de par en par, la imagen sugería que el rock and roll era un cataclismo y que aquel tío de pelo engominado era un gamberro cimarrón. Armó tanto alboroto que el 6 de septiembre petó el gimnasio de una escuela secundaria en Arkansas y se hundió el suelo. Pero era el 'Rock Around the Clock', de Bill Haley & His Comets, la pieza escandalosa que ponía la banda sonora a Occidente.

En Hollywood, un libelo llamado 'Confidential' fabricaba escándalos para exportar. Su fórmula era sencilla: un famoso, una fotografía comprometedora y un episodio sórdido. Aquel papelucho montó una agencia de detectives de chichinabo y contrató para la extorsión y el parloteo a aspirantes a 'starlets' y periodistas sin escrúpulos. También suministraban munición las 'pin ups' de los bares de Sunset Strip, que grababan a los famosos en la cama. Una pieza sobre Sinatra desvelaba el misterio que vigorizaba el mango de su sartén: tazones bien llenos de Wheaties. Otra sobre Errol Flynn contaba que fisgaba el barullo de sus orgías al otro lado de un falso espejo.

A Robert Mitchum lo pillaron en bolas en una fiesta de Charles Laughton, se untó las colgaduras con ketchup y preguntó a gritos si alguien quería comerse un perrito caliente. Aquella guerrilla de cotillas tenía tanto peligro que, por si acaso, una constelación de estrellas se cobijó en lejanos firmamentos. Clark Gable, por ejemplo, ahuecó a Tahití con el rabo entre las piernas.

Marilyn aguantó el tipo. Su carrera subía como la espuma en la 20th Century Fox cuando se topó con Joe DiMaggio en una cita a ciegas. Hubo temita porque el ex jugador de béisbol voló más que la abeja Maya para verla en Los Angeles. Aunque evitaban los lugares nocturnos, no hubo forma de que el 'Confidential' los dejara en paz. Robert Harrison, su editor, era un chulo con trajes a medida y camisas de la lujosa mercería Sulka. Vivía en una suite del Hotel Madison, en la 58 de Nueva York, y allí se presentó Jack Kelly, que destrozó la habitación y le calzó a Harrison un 'uppercut' en la quijada por haber publicado porquerías sobre su hija, la futura princesa de Mónaco.

Jack Kelly era un 'macho man' tan sobrado de testosterona que contentaba a 27 amantes. Su hija Grace tenía a quién salir, la acababa de dejar Bing Crosby, que era 26 años mayor que ella, y no tardó en consolarse con Tony Curtis, que estaba casado con Janet Leigh. Aquella historia no podía llegar lejos porque ella pescaba peces más gordos que Tony. Como Oleg Cassini, hijo de una condesa rusa y ex de Gene Tierney. Tras un mes de noviazgo, Oleg y Grace acordaron pasar por la vicaría porque ella había empezado a engordar por la cintura, pero decidió abortar y la estela de Cassini se difuminó en la Costa Azul como otras tantas huellas del entretenido pasado de la Kelly.

Poco antes del verano, Grace llegó al festival de Cannes y 'Paris Match' le propuso un reportaje con Rainiero. Ya tenían el titular: "El Príncipe encantador y la reina de la pantalla". Fue un momentazo: para demostrar que era todo un tío, el monegasco recibió a la estrella acariciando un tigre. Grace ignoraba que el azar de los príncipes lo urden sus consejeros y que la propuesta de boda que le hizo Rainiero se la sugirió Onassis para que las miradas del mundo se fijaran en aquellas 150 hectáreas de tierra de piratas a 15 kilómetros de Niza.

No lejos de allí, en Saint-Tropez, Paul Morand paseaba con Brigitte Bardot mientras el Aga Khan salivaba a la sombra de bellas muchachas en bikini y Françoise Sagan ponía a 200 km/h un Jaguar 'X/440'. También a James Dean le gustaba más la velocidad que al cartero del Correcaminos y en la ciudad texana de Marfa, durante el rodaje de 'Gigante', se compró un Porsche 'Spyder 550'. En Marfa el mercurio subía a 49 grados y no había hoteles refrigerados para todos, a Jimmy Dean lo metieron con Rock Hudson en una casa de alquiler. La verdad es que no hacía ninguna falta juntar bajo el mismo techo a la reina de Hollywood con el andrógino más inquietante, porque bastaba con que Jimmy empezara sus ejercicios de introspección según el Método, para que Hudson quisiera sacarlo a codazos de la secuencia. Dirigir a aquel par de gallos era como sacarse una muela.

Fue estupenda, sin embargo, la relación de ambos con Elisabeth Taylor, que tenía 23 años y ya era una de las grandes. Cuando Liz y Jimmy rodaron la primera secuencia había unas 4.000 personas mirando -gente del pueblo y turistas- y Jimmy temblaba como la gelatina. De repente, se dirigió hacia ellos, se abrió la bragueta, meó y volvió a la escena. Si podía hacer eso delante de 4.000 personas, podría hacer cualquier cosa con la Taylor frente a una cámara. Jimmy rodó su última escena al final del verano. No llegó a ver la película, se estrelló con su bólido de aluminio camino de una carrera cerca de Hollywood.

En una de las zonas más lujosas de la meca del cine, en Holmby Hills, vivían Humphrey Bogart y Lauren Bacall, pero no les hacía demasiada gracia aquel ambiente 'posh'. Las mujeres cubiertas de joyas, sus falsas sonrisas y sus encorsetados maridos les producían erisipela. Bogart tenía un barco, el 'Santana', en el que se escapaba con sujetos que apuraban la singladura bebiendo como holoturias. Se llamaban Spencer Tracy, Katharine Hepburn, George Cukor, Michael Romanoff, Frank Sinatra, David Niven, Tony Curtis o John Huston. Aquellos gamberros de Holmby Hills se hacían llamar 'el Club de Estibadores Libres', pero a comienzos de aquel verano se convirtieron en ratas.

La cosa fue que el dramaturgo Noël Coward tenía un 'show' en el Desert Inn de Las Vegas, y esa fue la excusa para correrse una buena juerga. Un autobús los recogió en la puerta de la mansión de los Bogart para llevarlos al aeropuerto. Ya en Las Vegas, el director del hotel Sands, Jack Entratter, les acompañó a la planta que Sinatra había reservado. Fueron cinco días de dipsomanía y farra 'non stop'. A la caída de la tarde de la última jornada, Lauren Bacall se encontró con toda la peña en el casino, borrachos como cubas, tenían aspecto de náufragos y Lauren les dijo que parecían "a goddamn rat pack". Una **** pandilla de ratas sería el exacto significado de la acuñación.

Vale, pero aquellas ratas tenían principios y los proclamaron cuando se les pasó la resaca una semana después. Reunidos en el restaurante de Romanoff de Los Ángeles, escribieron sus mandamientos: había que aguantar hasta altas horas de la madrugada, había que escupir sobre lo políticamente correcto, defenderían a muerte a cualquier miembro ofendido; pero, por encima de todo, había que beber, beber y beber. Estaba en su naturaleza: eran buenos bebiendo del mismo modo que un gigante es bueno siendo alto. Las moñas fueron el único nexo común entre el 'Rat Pack' de Holmby Hills del verano del 55 y el de Las Vegas de cinco años después: con Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford, Angie Dickinson y Shirley MacLaine. La rata mayor, el puto amo, seguía siendo Sinatra, que ese verano intentaba seguir el rastro de botellas vacías que su mujer, Ava Gardner, iba dejando en Madrid con sus amantes 'made in Spain', toreros y flamencos.

Indomable como Elvis, noctívaga como el 'Rat Pack' y promiscua como ella sola, Ava había venido a España huyendo de su tormentoso matrimonio, bebía como un corsario, se tiraba lo que se le ponía por delante y no había dios que pudiera dormir en el Castellana Hilton por las juergas flamencas que montaba hasta que se retiraba el camión de la basura. Pero nadie rechistaba, Ava era el intocable clavel en la solapa casposa de una jauría de señoritos que, como el marqués de Villaverde o Luis Miguel Dominguín, podían hacer de su capa un sayo y de España su particular serrallo. La patente de corso de Ava estaba respaldada además por el jefe de la CIA en nuestro país.

Luis Mariano cantaba 'Violetas imperiales' bajo bombillas de 50 vatios y chutes de leche merengada porque un régimen mastuerzo vigilaba para que no se nos colara el escandaloso siglo XX. Pero, incluso aunque fueras un operario que baldeaba las calles de noche, vivir en Madrid no era tan malo aquel verano si tenías la suerte de que Ava Gardner, el animal más bello del mundo, te robara un pico. Y eso podía pasar.

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