CRÍTICA DE “APOCALYPTO”

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CRÍTICA DE “APOCALYPTO”

Mensaje por BUSTER el Dom 28 Mayo 2017 - 9:33

Artículo escrito por Jorge Álvarez

Mel Gibson es un tipo realmente inclasificable. Nacido en Nueva York, vivió buena su infancia y juventud en Australia y luego se nacionalizó irlandés, siendo además el sexto hijo de una numerosísima familia de once hermanos cuyo padre emigró a Oceanía para evitar que sus vástagos mayores fueran reclutados para la Guerra del Vietnam. Asimismo, siendo un fervoroso católico tirando a integrista, como ha manifestado varias veces, no tuvo problemas para casarse con una anglicana y lo demostró teniendo ocho hijos con ella, aunque al final terminaran divorciándose. Para redondear el confuso pastel, se le suele adscribir próximo al Partido Republicano pero, paradójicamente, no sólo nunca ha apoyado públicamente esa tendencia de forma explícita sino que expresó su simpatía por Michael Moore -al que estuvo a punto de producir su película Farenheit 9/11 y criticó la Guerra de Irak, comparando a Bush y su equipo con los mayas opresores de Apocalypto. Y entramos en materia.

Gibson se hizo famoso encabezando el cartel de Mad Max, una serie B australiana que le abrió las puertas de Hollywood, no sólo para hacer dos apreciables secuelas sino también para labrarse una triunfante carrera como estrella, con una auténtica retahíla de éxitos; unos eran de tono muy comercial, como Arma letal, Maverick o El patriota, mientras que otros tenían mayores aspiraciones cualitativas-cumplidas o no-, como El año que vivimos peligrosamente, Hamlet, Conexión Tequila, El hombre sin rostro… Precisamente esta última constituyó su debut como director, labor en la que tuvo muy buena acogida, y eso le permitió convertirse en un aplaudido cineasta que firmó sucesivamente Braveheart, La Pasión de Cristo, la citada Apocalypto y, hace poco, Hasta el último hombre.

Tienen en común el ser grandes espectáculos, hechos con considerables presupuestos y combinando hábilmente una competente realización con unos guiones no demasiado profundos pero sí astutamente escritos, dosificando pequeñas gotas sueltas de calidad con otras lo suficientemente populares como para agradar masivamente al público. La Pasión y Apocalypto comparten una característica extra que les dio una especial singularidad: el haber sido rodadas en las presuntas lenguas originales en las que transcurriría la acción histórica (latín, hebreo y arameo la primera, uno de los múltiples dialectos mayas la segunda). Curiosamente, también comparten un sentimiento de repudia por parte de ciertos grupos, descontentos con la imagen que se da respectivamente de los judíos y los mayas.

Lo primero que habría que decir al respecto es que el propio Gibson declaró que ese film, Apocalypto (2006), no tenía ninguna pretensión historicista. Le interesaban la idea de los indígenas a los que se rompe su tranquila existencia de cazadores-recolectores para verse envueltos en una vorágine de horror, así como el hecho de que, a su vez, los agresores también daban sus últimos pasos como civilización. Como tal, la maya ya se había extinguido a principios del siglo XVI , pues el año en que transcurre la acción muy bien podría ser 1502 y los españoles que aparecen al final, los hombres de Colón en su cuarto viaje; en esa última aventura el Almirante llegó a las costas de las actuales Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

La civilización maya no fue flor de un día. Su periodización cronológica empieza en el período Arcaico (siglo IX a.C), pasa por un Preclásico que llega hasta mediados del III d.C, alcanza su apogeo en el Clásico (hasta el XIII d.C) y termina en un epílogo del Posclásico denominado Terminal o de Contacto, que es el contexto de la película. Para entonces seguía habiendo mayas pero sus ciudades estaban ya cubiertas de vegetación y parcialmente olvidadas desde finales del Clásico (colapsadas por una combinación de factores naturales, económicos, sociales y políticos), aún cuando algunas aún mantuvieran cierto esplendor, como Tulum.


Recordemos que no se trató de un imperio estrictamente sino de algo análogo a la Antigua Grecia, con una vasta y variada región controlada por ciudades-estado, conectadas por una densa red de calzadas pero en una eterna rivalidad que se plasmaba en continuas guerras. Esto último es importante porque rompe la imagen idílica tradicional y burdamente estereotipada del pueblo maya como exclusivamente culto, pacífico y hermanado; la paradoja está en que eso es lo que se le ha criticado, el mostrar sólo la cara mala, cuando Gibson y su guionista, Farhad Safinia (que también fue co-productor) precisamente pretendían destacar el contraste entre el elevado nivel cultural de aquella civilización y sus brutales costumbres, por eso optaron por los mayas en vez de los mexicas.

Las virulentas reacciones contra la película se centraron pues en la recreación de los sacrificios humanos, que algunos siguen negando empecinadamente a pesar de que el registro arqueológico ya ha demostrado su existencia. Sí es cierto que los mayas no llevaban a cabo holocaustos masivos casi en serie, como los mexicas, ni la apertura del pecho de las víctimas para extraerles el corazón resultaba igual en todo el territorio (en el norte del Yucatán eran igual de habituales los sacrificios mediante ahogamiento en cenotes). Sin embargo habría que hacer un par de observaciones al respecto. La primera, que en su última etapa la civilización maya recibió una fuerte influencia de la tolteca. Ésta, procedente del altiplano mexicano y culturalmente distinta (era de habla náhuatl, como los aztecas, que se consideraban sus herederos) se expandió hacia el sur y dominó parte de la península del Yucatán, territorio maya, haciendo que algunas de sus ciudades más representativas como Chichén Itzá o Mayapán cambiaran bastante y adoptaran parte de sus costumbres, entre ellas la adoración a Kukulkán (el Quetzalcoátl tolteca) que muestra el filme. La segunda, que, en consecuencia, los sacrificios humanos y la política bélica se recrudecieron. Y si, como opinan algunos expertos, la ciudad reflejada en Apocalypto coincide con la que pudo ser Chichén Itzá (otros, por la pirámide elegida,  se inclinan por Tikal, situada al norte de Guatemala pero igualmente bajo esa órbita de influencia tolteca), el brutal argumento tampoco resultaría tan distorsionado.



Tan sólo chirriarían algunos detalles, como la improbabilidad de esas partidas de caza de víctimas y esclavos (normalmente eso se hacía en las guerras interurbanas), el temor a los eclipses (cierto que el pueblo les tenía miedo pero a los sacerdotes no les cogían por sorpresa, pues tenían tablas para predecirlos), la descontextualización cronológica (que fusiona situaciones y elementos estéticos separados por cientos de años, como la existencia de la civilización posclásica en la ciudad y la llegada de los españoles), el siniestro atavío del jefe de los esclavistas (ninguna pintura lo refleja) o el aparente desconocimiento de la agricultura de la tribu protagonista viviendo tan cerca. Claro que el asesoramiento corrió a cargo de todo un especialista, el arqueólogo Richard Hansen (quien admitió que se habían permitido algunas licencias históricas).

No obstante, Apocalypto es ante todo una vibrante cinta de aventuras que cuenta la dramática experiencia de Garra de Jaguar, un indio que ve truncada su tranquila vida para descubrir el horror de la civilización. De hecho, Gibson y Safinia, deseaban hacer un filme de persecuciones desprovisto de parafernalia técnica en el que el perseguido tuviera que correr por su vida. Dicho individuo está interpretado por Rudy Youngblood, actor estadounidense que, como se puede deducir por su nombre, no es de ascendencia maya sino comanche y yaqui (aunque en realidad se llama Rudy Nathaniel Jamal González) y tuvo que aprender el idioma para la película. En el resto del reparto predominan los mexicanos porque, al fin y al cabo, Apocalypto se rodó en México, en el estado de Veracruz, salvo algunos planos tomados en El Petén (Guatemala).

La agónica huida de Garra de Jaguar termina en una playa, bajo un intenso aguacero, contemplando estupefacto la llegada de una embarcación con hombres barbudos. Gibson quería rebajar el tono agobiante de la historia con un final optimista y se le ocurrió reforzar la salvación del protagonista y su familia subrayando el inminente final de una civilización decadente para dar paso a una nueva etapa, ley de vida de todas las civilizaciones, según dijo. Por supuesto, eso también sentó mal en algunos sectores, igual que los problemas crecieron cuando el cineasta mexicano Juan Mora Catlett le demandó por considerar que Apocalypto se parecía sospechosamente a su película Retorno a Aztlán. A Gibson, acostumbrado a resistir golpes, le dio igual; además de las predominantes críticas positivas y de los premios recibidos, su cinta recaudó más de ciento veinte millones de dólares y eso amortigua cualquier contrariedad.
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