El día que Hollywood inventó la máquina de censurar películas

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El día que Hollywood inventó la máquina de censurar películas

Mensaje por HAROLD 3D el Dom 14 Sep 2014 - 17:26

El Hollywood clásico tiene algo de realidad paralela donde los matrimonios raramente comparten cama, donde no existe la homosexualidad ni tampoco el amor interracial. La fábrica de los sueños dibujaba un mundo en el que las instituciones (casi) siempre funcionaban y los malvados recibían su castigo. Entre otros motivos, porque la del cine estadounidense también es una historia de censura. Eso sí, a la manera americana: en forma de autorregulación.

Las primeras películas sonoras habían recrudecido las quejas del puritanismo. La multiplicación de comités estatales o municipales provocaron la inquietud de los productores. El camino estaba marcado: para evitar enfrentarse a decenas de censores con criterios cambiantes (incluida una bizarra prohibición de que en los filmes apareciesen mujeres embarazadas), la industria impulsó un código propio. Este enumeraba temas prohibidos, desde la ridiculización del clero a las enfermedades venéreas. Otros asuntos debían tratarse “cuidadosamente”, como la violación, el uso de drogas o la prostitución.

En 1930 comenzó a aplicarse el denominado Código Hays, llamado así en recuerdo de uno de sus creadores. Pero fue en verano de 1934 cuando se creó una autoridad con potestad para prohibir aquellas películas que no obedeciesen sus directrices. El retroceso fue extremo, al no haber demasiado margen para la negociación: los estudios debían practicar cuantos cambios se les exigiesen, y comenzaron a desestimar proyectos que se anticipasen conflictivos. Todo ello también tenía dimensión política: el izquierdismo debía ser silenciado o condenado, y la corrupción debía mostrarse siempre en forma de casos puntuales.

Emigrantes europeos como Fritz Lang u Otto Preminger (que, como productor, destacó por ser especialmente desafiante) no salían de su asombro. En América no había un cine dirigido gubernamentalmente, pero sí depuraciones clandestinas durante la escritura de guión. Adaptar Anna Karenina se convirtió en una pesadilla. La humorista Mae West debía dejar de provocar y ser moralista. Algunos realizadores agudizaron su ingenio, intentando transgredir mediante sobreentendidos e insinuaciones. La convivencia fue larga: la censura reinaría en Hollywood hasta 1968, ya debilitada por la televisión y por los estudios independientes. Entonces, se reiventó como sistema de calificación por edades.

Uno de los objetivos del Código Hays fue dificultar la relación entre el cine y la literatura adulta. Hollywood quería ganar legitimidad adaptando novelas de prestigio que, además, llegaban envueltas de escándalo y publicidad gratuita. Pero organismos como la Liga de la Decencia no querían que una audiencia popular tuviese acceso a las historias realistas de Theodore Dreiser, a las duras visiones del Sur concebidas por William Faulkner y Erskine Caldwell, a la indignación ética de John Steinbeck o la prosa cruda de Ernest Hemingway.

Varias obras de estos escritores llegaron a las pantallas, especialmente tras el crack del 29. En los primeros años de la Oficina Hays, supusieron algunos de los más intensos focos de tensión entre productores y censores. Ann Vickers, basada en un libro de Sinclair Lewis, llegó a las salas cinematográficas después de una verdadera batalla que alargó el tiempo (y el coste) de producción. Una vez la Oficina Hays consiguió el poder para vetar estrenos, los estudios tomaron nota: ante los riesgos económicos que comportaban, este tipo de adaptaciones resultaron mucho menos frecuentes.

Alguna de las películas afectadas aquí
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